Presenciamos una situación inversa a Cobb


Image credit: © Scott Utterback/Courier Journal , Louisville Courier Journal via Imagn Content Services, LLC

Traducido por José M. Hernández Lagunes

El 5 de mayo de 1925, en Saint Louis, Ty Cobb tuvo el mejor día de su larga carrera, yéndose de 6-6 con un doblete y tres cuadrangulares, para conseguir un récord con 16 bases totales. Cualquier otro bateador podría haber dicho que sólo se había topado con un malos lanzamientos en un parque pequeño, pero Cobb estaba tratando de demostrar algo. Era lo opuesto al que él pensaba que estaba demostrando, pero sigue siendo una lección útil para los bateadores de Grandes Ligas en 2022.

El bateador “científico” de 38 años de edad, que durante mucho tiempo utilizó una empuñadura de bate de mano dividida para poder batear al otro lado o arrastrar un toque en el último momento posible, había pasado las cuatro temporadas anteriores criticando el estilo de bateo permitido por la bola viva. Cobb pensaba que la versión del béisbol personificada por Babe Ruth, quien bateaba con una furia apenas controlada en un esfuerzo por enviar la pelota al espacio, carecía de arte. Cobb quería destruir la pelota tanto como Ruth, pero desdeñaba batear elevados largos, prefiriendo conectarlas en líneas o roletazos y ganarle al tiro. No se trataba sólo de que Cobb fuera un reaccionario obstinado (aunque también lo era), sino de que llegó en 1905 y durante los primeros 15 años de su vida en las Grandes Ligas la pelota era muerta y batear elevados altos era lo menos productivo que podía hacer un bateador. El ángulo de salida de Cobb—lo sabemos porque lo describió—solía ser plano. Quería que el bate estuviera paralelo al suelo cuando conectase la pelota. Se podría enviar a un entrenador de bateo moderno al pasado para que trabajara con Cobb en elevar la bola, pero el único resultado habría sido convertir a un bateador de .367 en un bateador de .267, porque la bola anterior a 1920 no habría recompensado ese enfoque.

Antes del partido del 5 de mayo, Cobb había dicho ostensiblemente—ninguno de los reporteros que dijeron estar presentes escribió sobre ello durante décadas, pero de repente lo “recordaron” después de su muerte—que por primera vez en su carrera intentaría batear cuadrangulares. Cobb, recordaba el periodista deportivo de St. Louis Sid Keener, se quejaba de que la gente lo descartara como alguien que conseguía sus hits “en roletazos al cuadro y toquecitos”. El grandote… Babe Ruth, ¡conecta tremendos cuadrangulares! Bueno, hoy les mostraré algo”. Aquel día, pegó sus tres cuadrangulares; el doblete no salió por poco. El viento soplaba ese día, pero eso no disminuye lo que Cobb hizo; más bien subraya su argumento, incluso si no intentaba hacer nada más que demostrar que tenía tanto talento como Ruth.

Ese bálsamo para el ego de Cobb no debería haber sido necesario; Cobb era Cobb y Ruth era Ruth y ambos eran extraordinarios a su manera. Pero Cobb no había terminado: al día siguiente bateó de 6-3 con dos cuadrangulares más. Estos también fueron jalados. “¿Qué dirá el Babe?”, se regodeó. Y con eso, volvió a hacer las cosas como lo había hecho; pegó ocho triples antes de que, aproximadamente un mes después, conectara su siguiente cuadrangular.

Muchos de los cuadrangulares anteriores de Cobb habían sido dentro del parque. De los 117 cuadrangulares de su carrera, 45 fueron de este tipo. El hecho de que sus cinco cuadrangulares en el 25 fueran todos de bateo no demostró que Cobb pudiera batear cuadrangulares de forma tan prolífica como Ruth si dejaba de lado su delicadeza y se dedicaba a batear—es difícil creer que después de haber descubierto la capacidad de batear a voluntad sin sacrificar nada en cuanto al promedio de bateo, dejara de hacerlo voluntariamente—sino que el enfoque de Ruth para batear era legítimo y quizás necesario. Si de repente un bateador que no lo hacía podía hacerlo, por definición era posible. La pelota ya no imponía las mismas limitaciones al bateo de elevados. Traigan al entrenador de bateo que viaja por el tiempo y predica el ángulo de salida.

Puede que Cobb pensara que “la pelota viva ha robado la finura del juego”, como escribió en la revista Life en 1952 (parece que fueron sus propias palabras y no citas imaginarias escritas por un fantasma parecido a Al Stump, pero atención, lector), pero había demostrado que, al igual que cuando Dios nos da limones, debemos hacer limonada, si Dios nos da (como él decía) un trozo de dinamita bajo las costuras, debemos hacerla explotar. Las condiciones cambiantes requieren un enfoque diferente.

Esta es una buena lección no sólo para el béisbol sino para la vida, aunque es tan difícil estar a la altura en otros campos de actividad como lo fue para Cobb en el béisbol. ¿Se está colapsando la biosfera por el uso de neonicotinoides? Podríamos dejar de usarlos, pero no queremos perder la cosecha de alfalfa. ¿Se está calentando el planeta debido a un exceso de gases de efecto invernadero? Dejaríamos de usar la gasolina y el carbón, pero ya hemos comprado los billetes para Disney World en julio y es un viaje demasiado largo para hacerlo con una batería. ¿El matrimonio se desmorona? Lo dejaríamos, pero los dos queremos quedarnos con el perro. ¿La pelota de béisbol está volando por encima de los edificios? Haríamos un swing más fuerte pero pensamos que el juego de toquecitos y carreritas es hermoso.

Y sin embargo, no podemos vivir en la negación; debemos cambiar o estancarnos y morir. Cobb admitió que el béisbol se movía en ciclos, aunque él no quisiera aceptarlo. Sus dos grandes días en Saint Louis—igualados en varias ocasiones (la más reciente por Kyle Schwarber el pasado 19-20 de junio) pero nunca superados—demostraron que aferrarse a formas de jugar anticuadas era menos productivo que seguir la corriente. Los bateadores actuales de las Grandes Ligas se enfrentan ahora a otro giro de la rueda, que no apunta a la época de Cobb, pero que sitúa a un cierto subgrupo de bateadores en el mismo punto de decisión al que él llegó, pero al revés.

Como mostró el reciente artículo de Robert Orr, incluso si la pelota no está tan muerta como lo estaba en la juventud de Cobb, está lo suficientemente muerta como para que tratar de pegarle a la chimenea y saber que todavía puede pasar por encima de las bardas ya no es una táctica rentable para los bateadores con poder marginal. “El béisbol moderno pone la prima en el fenómeno”, escribió Cobb, “en el hombre que golpeará la bola por encima de la valla si la golpea. Tiene una cierta fuerza en el bíceps y en el hombro que le da la capacidad de añadir un 10% de empuje a los hits, que es todo lo que se necesita, con la pelota moderna y las modernas vallas cortas, para marcar la diferencia entre un flojo fly y un home run”. Eso sigue siendo cierto hasta cierto punto, pero la estimación del 10% añadido por Cobb puede que ya no sea suficiente. Como escribió recientemente Zach Crizer, “Para los que siguen poniendo la bola en el aire, la nueva bola les desafiará: a) a golpearla más fuerte que antes para conseguir los mismos resultados o, b) a golpearla en direcciones más ventajosas, tirando hacia los postes de foul para encontrar porches más cortos o quizás yendo en dirección contraria para estirar a las defensas.” Como la pelota recorre distancias más cortas al ser golpeada, se necesita aún más fuerza para sacarla del estadio, fuerza que el bateador medio no posee. Incluso los jugadores con una fuerza superior a la media se están quedando cortos: los jugadores con las mayores velocidades medias de salida, como Giancarlo Stanton, Aaron Judge, Yordan Álvarez y Vladimir Guerrero, Jr. tienen un rendimiento inferior, con porcentajes reales de bateo inferiores a los que habríamos esperado durante el reinado de la pelota vieja.

Esto todavía puede cambiar. En muchas partes del país el clima aún no se ha calentado, o tal vez los ahora omnipresentes humidores se han puesto demasiado altos, y no es imposible que Rob Manfred y compañía simplemente cambien algunas bolas flotantes de almohada de plata de la marca Warhol. Ningún patrocinador es demasiado extraño o demasiado barato para la Liga Mercenaria de Béisbol. Sin emabrgo, hasta que lo sea, hay toda una familia de bateadores—llámalos La Familia Semien—que necesita hacer un Cobb a la inversa: “Hoy, trataré de batear lineas”.

Si lo hacen, que tengan tanto éxito como Ty Cobb. Que se vayan de 12-9 en los próximos dos partidos, pero con cinco dobles en lugar de cuadrangulares. Pero, ¿podrán cambiar tan fácilmente como lo hizo él? Si no, va a ser una larga temporada de elevados a los jardines y promedios de bateo de .230, tanto para ellos como para nosotros.

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